¿Por qué no haremos exámenes?

Desde hace un tiempo hay varias preguntas que rondan mi cabeza y que me tienen algo preocupado: ¿estoy evaluando bien?, ¿los exámenes que hacemos realmente son buenos indicadores del aprendizaje realizado por los alumnos?, ¿no estaremos propiciando que los alumnos estudien para pasar los exámenes en lugar de hacerlo para aprender?… Y confieso que tengo muchas dudas al respecto.

La evaluación que realizo en Secundaria está basada, fundamentalmente, en los exámenes, aunque también evalúo el trabajo diario realizado por los alumnos, en forma de actividades, trabajos y tareas varias. En cuanto a los criterios de calificación, aunque intento llegar a un consenso con mis alumnos al principio de cada curso, lo más habitual es que los exámenes valgan 7,5 puntos sobre 10 puntos totales, que los trabajos y actividades valgan 2,5 y que el comportamiento y la actitud del alumno puedan sumar o restar hasta un punto sobre la nota global obtenida. Además, siempre existe la posibilidad de sumar otro punto extra con la elaboración de trabajos voluntarios adaptados a cada alumno. En Bachillerato, la dinámica es similar, aunque cambian los criterios de calificación, dándole más importancia aún a los exámenes. Normalmente intento realizar uno o, como máximo, dos exámenes por trimestre, adaptando el momento de realización de los exámenes a la conclusión de cada bloque de contenidos.

Los resultados obtenidos en las herramientas de evaluación (no solo en los exámenes) me sirven para valorar a mis alumnos, pero también para detectar errores, incidir en los contenidos que se demuestren peor comprendidos, cambiar la metodología y adaptar la programación al grupo. Además, suponen una fuente de información para la evolución, año tras año, de mi forma de enseñar y de la programación de mis asignaturas. Reconozco que no soy muy metódico en este aspecto de la evaluación formativa, que no utilizo herramientas para detectar esas deficiencias y elaborar los cambios, sino que me guío más bien por la intuición.

Los contenidos de ciencias en Secundaria

Los contenidos de Ciencias son redundantes a lo largo de las distintas etapas educativas, los alumnos pueden ver un tema, por ejemplo referido a la célula, en varios cursos de diferentes etapas; en cada curso se irá profundizando en la comprensión de los conceptos y se incrementará la complejidad de los contenidos. Por ello, utilizo libros de texto de Primaria para conocer el nivel de profundidad con el que se trata un tema, a continuación intento averiguar cuáles son los conocimientos de mis alumnos, para poder adaptar mis clases de Secundaria. Esta metodología me ha llevado a descubrir que mis alumnos, incluso los más brillantes, han olvidado la mayor parte de los contenidos que se supone que conocían en Primaria (sigamos con el ejemplo de la célula): no saben qué significa nutrición heterótrofa, no diferencian entre células procariotas y eucariotas o no comprenden cuáles son las funciones de la célula. A pesar de que estos contenidos forman parte del currículo de Primaria, mis alumnos no los recuerdan o no los comprenden en su totalidad.

Puede ser que sean unos contenidos demasiado complejos para este nivel y que no se hayan explicado adecuadamente. Puede ser que su complejidad haya llevado a que se estudien de manera memorística, sin que los alumnos los lleguen a comprender. Pero cuando comento esta situación con los alumnos, ellos me dicen que cómo espero que se acuerden de algo que estudiaron hace cinco cursos. ¿Qué estamos haciendo mal para que nuestros alumnos olviden aquello que aprendieron hace unos años? ¿Cómo pueden construir nuevos conocimientos sobre lo que ya saben si lo han olvidado? ¿Realmente habían aprendido o sólo habían estudiado para superar un examen? Cada vez estoy más convencido de que este es el problema: los alumnos trabajan, hacen deberes y estudian, para aprobar los exámenes en lugar de hacerlo para aprender y la consecuencia lógica de esta situación es que no se produce ese aprendizaje significativo del que tanto hablan las teorías educativas.

Exámenes

¿Cuál es el verdadero valor de los exámenes?

Os voy a contar el caso de una alumna de segundo de Bachillerato, una alumna brillante, intuitiva, trabajadora, imaginativa, con buena memoria, inteligente, participativa y, como les gusta decir a los nuevos gurús de la educación (o de la economía, no sé), emprendedora… pero que en los exámenes no muestra todo su potencial. Las notas obtenidas en los exámenes de mi asignatura se encuentran entre el 6,5 y el 8, pero cuando hablas con ella, observas que comprende los contenidos, que es capaz de relacionar conceptos, que valora tanto los aspectos científicos, como la vertiente ética y social de la Biología. Esta alumna estudia mucho porque quiere mejorar su rendimiento en los exámenes, pero puede ser que al obtener unos resultados inferiores a los esperados, se bloquee, se ponga nerviosa y no nos muestre su brillantez. Lo que intenta compensar estudiando más.

Hace diez días se presentó a los exámenes de Selectividad. Como siempre, me acerqué a la Facultad en la que se realizan los exámenes para acompañarlos, ofrecerles mi apoyo y comentar algunos aspectos del examen. Coincidimos en que fue un examen asequible en el que podían demostrar sus conocimientos. Pero, cuando comentábamos las cuestiones, ella se percataba de que había cometido pequeños errores, que no había puesto cosas que se sabía o que había completado mal un esquema. No hacía falta que yo le comentara cómo debía haber contestado, simplemente, sin los nervios del examen, en una conversación relajada, las ideas fluían y se daba cuenta de sus fallos.

En mi asignatura le puse un Sobresaliente, valoré sus exámenes, pero también sus trabajos, actividades y tareas, su actitud y sus trabajos voluntarios. Ayer se publicaron los resultados de Selectividad y su nota de Biología rondaba el 7,5. ¿Cuál de las dos notas evalúa mejor el aprendizaje de Biología de mi alumna?

Puede que no haya una única respuesta a todas las preguntas planteadas. Pero sí que he llegado a la conclusión de que los exámenes no son una herramienta de evaluación que demuestre el aprendizaje real de los alumnos, sino más bien su capacidad para memorizar contenidos a corto plazo. Por ello debemos diversificar las herramientas de evaluación, debemos tomar datos, con diversas metodologías y en distintos momentos, que nos acerquen al nivel de aprendizaje de los alumnos y que nos muestren sus dificultades y errores. Este es nuestro reto y deberíamos comenzar con el uso de las rúbricas, de los portafolios o de los diarios de los alumnos.

 

#ABPmooc_INTEF

 

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Autor: pakosimarro

Profesor de Biología en ESO y Bachillerato. Tutor de Psicobiología y enamorado de la neurociencia. Apasionado de la aplicación de las TIC en educación. Aficionado al running y al senderismo.

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